La fe aporta sentido y ayuda a comprender que la construcción de la paz exige un esfuerzo diario en medio de las tensiones y las diferencias, pero también de la esperanza. Algunas reflexiones desde el contexto colombiano.
Por Cristian Quintero
Cristian Quintero, coordinador del proyecto de consolidación de la paz de la Iglesia Evangélica Luterana de Colombia. Foto: Archivo personal
"Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mateo 5:9).
El texto bíblico de Mateo nos presenta una afirmación profundamente desafiante y esperanzadora. Este versículo no solo evoca una bendición, sino que invita a mantener una identidad y resalta una vocación. Ser pacificador no es simplemente evitar el conflicto, sino asumir activamente la tarea de restaurar relaciones, dignificar al otro y construir condiciones de justicia que hagan posible una paz en las comunidades.
En el contexto colombiano, especialmente en territorios de conflicto social armado como los que frecuento, esta bienaventuranza adquiere un significado concreto. La paz no es una idea abstracta, es más bien una necesidad encarnada en comunidades que han vivido el dolor del conflicto armado, la exclusión y la desigualdad. Ser pacificador aquí implica escuchar historias marcadas por la violencia, reconocer heridas colectivas y trabajar desde la fe para que la reconciliación sea posible, encarnar el evangelio en acciones concretas con estas comunidades es la forma en que poco a poco se va tejiendo la denominada paz, aunque a veces se perciba como imposible.
En mi experiencia trabajando con la Iglesia Evangélica luterana de Colombia y sirviendo en los diferentes, esta palabra ha cobrado vida en mi caminar. Desde joven he estado vinculado al ministerio, primero en espacios como el de jóvenes y alabanza, y hoy desde el ministerio de diaconía, donde coordino un proyecto enfocado en la construcción de paz con comunidades afrodescendientes, indígenas, campesinas y firmantes del acuerdo de paz de 2016. Esta labor me ha permitido comprender que la paz no se impone, se teje; no se decreta, se construye día a día en medio de tensiones, diferencias y esperanzas.
Ser un artífice de la paz en este contexto implica escuchar historias marcadas por la violencia, reconocer las heridas colectivas y trabajar desde la fe para hacer posible la reconciliación.
Cristian Quintero, Iglesia Evangélica Luterana de Colombia
Sin embargo, es en la fe donde encuentro el sentido profundo de este trabajo. Ser llamado “hijo de Dios” en este contexto significa reflejar el carácter de un Dios que reconcilia, que no abandona y que apuesta por la vida incluso en medio de la adversidad.
En cada taller, en cada encuentro comunitario, en cada espacio de diálogo, se hace presente esa vocación de ser instrumento de paz y seguir acompañando a quienes no han sido escuchados para que cada vez se fortalezca su tejido social y bienestar para y así repliquen el ejercicio como pacificadores de su territorio.
La bienaventuranza de los pacificadores nos recuerda que la paz no es pasividad, sino acción comprometida. Implica incomodarse, tomar postura frente a la injusticia y acompañar procesos que muchas veces son largos y complejos. Pero también nos asegura que en ese camino hay una promesa: ser reconocidos como hijos de Dios, no por título, sino por la práctica cotidiana de la reconciliación.
Preguntas reflexivas:
¿De qué manera estoy contribuyendo activamente a la construcción de paz en los espacios donde habito y trabajo?
¿Qué heridas personales o colectivas necesito reconocer para poder ser un verdadero pacificador?
¿Cómo puedo integrar mi fe y mis conocimientos para generar procesos de paz sostenibles en mi contexto?