A medida que se acerca el Día Internacional de la Mujer, la reverenda Dra. Marcia Blasi, directora ejecutiva del Programa de Justicia de Género y Empoderamiento de la Mujer de la FLM, hace un llamamiento al coraje teológico y a una profunda transformación de las estructuras patriarcales.
La reverenda Dra. Marcia Blasi, Directora Ejecutiva del Programa de Justicia de Género y Empoderamiento de la Mujer de la FLM, dirige una consulta sobre justicia de género en diciembre de 2024. Foto: FLM/Albin Hillert
La justicia de género no es simplemente una cuestión que atañe a las mujeres, afirma la reverenda Dra. Marcia Blasi. Se trata de responsabilidad y transformación
Se ha convertido en parte de mi rutina diaria.
Me levanto, preparo una taza de café y tomo mi teléfono para leer las noticias.
"Mujer de 25 años asesinada por su marido, que no aceptaba el divorcio". "Mujer desaparecida tras entrar en el garaje de su edificio". "Niña de 13 años violada por siete hombres".
Titulares como estos ya no son una excepción. Se han convertido en algo habitual en muchos países del mundo. La violencia contra las mujeres no ha desaparecido. No es un problema del pasado. Es actual. Es persistente. En muchos lugares, está aumentando.
El fortalecimiento del fundamentalismo político y religioso se dirige especialmente contra los conocimientos, el liderazgo y los cuerpos de las mujeres. El control sobre las voces y la autonomía de las mujeres sigue siendo una prioridad en la agenda.
Hay muchas formas de matar a una mujer. No todas implican el uso de armas. Algunas implican el silencio. La desconfianza. Sobrecargarla con tareas "importantes" para que nunca tenga espacio para pensar, estudiar o liderar. Cuestionar su competencia. Espiritualizar su sumisión.
La violencia no es solo física. Es estructural. Cultural. Teológica.
La presencia no es participación.
Al concluir mis cinco años de servicio en la Federación Luterana Mundial (FLM), me llevo conmigo muchas historias. Historias de transformación y valentía. Historias de mujeres que descubrieron su voz y reclamaron su lugar en el liderazgo. Pero también historias de profundo dolor, exclusión, manipulación espiritual y acoso. Historias de mujeres que estaban presentes en los espacios de la iglesia, pero a las que nunca se les permitió participar verdaderamente.
Las mujeres están presentes, pero la presencia no es participación.
Que haya mujeres en la sala no significa que influyan en las decisiones. Invitar a las mujeres a la mesa no significa que puedan influir en la agenda. Que haya mujeres en puestos de liderazgo no significa que se haya desmantelado el patriarcado. Celebrar los ministerios de las mujeres no significa que hayamos cambiado las estructuras que concentran el poder en manos de unos pocos.
Cada vez que hablo sobre la violencia contra las mujeres o el patriarcado, alguien responde rápidamente: "No todos los hombres son violentos". Otro dice: "Yo no". Es cierto. Y eso es bueno. Pero esa no es la cuestión.
La principal preocupación es un sistema que distribuye el poder y los privilegios de manera desigual. El patriarcado concentra la autoridad principalmente en manos de los hombres y a menudo se legitima mediante interpretaciones teológicas que presentan a los hombres como primarios y a las mujeres como secundarias, como "ayudantes" en lugar de copartícipes de la autoridad.
El patriarcado no es un insulto. Es una descripción de la realidad.
Hay quienes sostienen que deberíamos evitar el término porque suena ideológico o como jerga. Sin embargo, es nuestra responsabilidad teológica nombrar lo que experimentamos. Como escribió Martín Lutero en la Disputa de Heidelberg, un teólogo de la cruz "llama a las cosas por su nombre".
Vivimos en sociedades patriarcales. Nombrar el patriarcado es nuestra responsabilidad. No nombrarlo solo enmascara los mecanismos que perjudican a las mujeres y limitan a los hombres.
La justicia de género no es opcional
A medida que se acerca el Día Internacional de la Mujer, oiremos hablar mucho sobre "cuestiones relacionadas con las mujeres". Pero la justicia de género no es solo una cuestión que atañe a las mujeres. Si afirmamos que todos los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, entonces debemos enfrentarnos a cualquier sistema que menosprecie a las mujeres.
Si proclamamos el evangelio de la liberación y permanecemos en silencio sobre la violencia de género, nuestra proclamación se vuelve vacía. Si nuestra eclesiología excluye a las mujeres de la plena participación, el cuerpo de Cristo está incompleto.
El Día Internacional de la Mujer no se trata de rosas ni chocolates. La justicia de género no se trata solo de las mujeres. Se trata de compromiso, responsabilidad y transformación.
Se trata de hacer algunas preguntas difíciles:
¿Quién tiene el poder de decisión en nuestras iglesias?
¿Quién interpreta las Escrituras?
¿Quién se beneficia del silencio?
La presencia no es participación. La participación requiere compartir el poder.
La presencia no es participación. La participación requiere compartir el poder, un cambio estructural y un valiente coraje teológico. Y ese coraje comienza por nombrar la realidad y negarse a espiritualizar la injusticia.
La justicia de género no es opcional. Es parte de nuestra vocación.
Revda Dra Marcia Blasi
Ejecutiva del Programa de Justicia de Género y Empoderamiento de las Mujeres de la FLM